La tradición radical de las mujeres comunistas negras
El seminario recupera tres décadas de producción intelectual y militante que vincula indisolublemente la liberación negra con el comunismo, desafiando las narrativas liberales sobre los derechos civiles y rescatando la vigencia de la super-explotación y la organización.
Bienvenidos a nuestro segundo seminario de la serie «Antirracismo Radical Hoy», soy Andrew Brooks. Antes de comenzar, quisiera reconocer a los dueños tradicionales de la tierra en la que nos reunimos, los pueblos Dharug, Eora, Dharawal y Wiradjuri. Sus tierras fueron robadas y permanecen ocupadas. Como migrante que vive y trabaja en un sistema colonial de asentamiento (settler-colonial system), asumo mi responsabilidad frente a las injusticias que se perpetúan contra las Primeras Naciones.
Hoy nos acompañan Charisse Burden-Stelly y Jodi Dean para discutir un archivo fundamental: la escritura política de las mujeres negras comunistas.
Para empezar, ¿podrían contarnos cómo nació esta colección? Es una antología que reúne tres décadas de pensamiento y acción. ¿Por qué era urgente publicar estos textos ahora?
CBS: Antes de responder, siempre nos gusta nombrar a las mujeres cuya labor hemos recuperado para reconocer su trabajo: Ella Baker, Charlotta Bass, Dorothy Burnham, Williana Burroughs, Grace P. Campbell, Alice Childress, Marvel Cooke, Esther Cooper Jackson, Thelma Dale Perkins, Thyra Edwards, Vicki Garvin, Yvonne Gregory, Lorraine Hansberry, Dorothy Hunton, Claudia Jones, Maude White Katz, Louise Thompson Patterson y Eslanda Goode Robeson.
JD: El libro surgió de una necesidad pedagógica. Charisse y yo nos conocimos en el evento Red May en Seattle. Poco después, mientras yo impartía un curso sobre feminismo socialista, una estudiante que investigaba a Louise Thompson Patterson me dijo que no lograba encontrar un texto específico de la autora. Yo pensé: «no puede ser tan difícil, Patterson es una figura central». Pero me equivoqué. Los textos estaban enterrados en copias de microfichas, archivos inaccesibles o PDFs mal escaneados.
Nos dimos cuenta de que era ridículo que textos de tal calibre no estuvieran disponibles para estudiantes, académicos y, sobre todo, para activistas. Luego llegó la pandemia; yo tenía el tiempo, Charisse tenía el conocimiento enciclopédico de los archivos y contábamos con una asistente de investigación dedicada. Fue un proceso de mecanografiar y rescatar la palabra viva de estas mujeres que, tras 60 o 70 años, conservan una frescura y una radicalidad asombrosas.
Entrando en materia teórica, Charisse, ¿podrías hablarnos del papel que juega la racialización en el modo de producción capitalista? ¿Cómo ha evolucionado la raza junto al capital desde la acumulación originaria hasta hoy, y cómo afecta esto específicamente a las mujeres negras?
CBS: Existe un corpus académico inmenso sobre el capitalismo racial –pienso en Cedric Robinson o en la escuela sudafricana de Martin Legassick–. Para mí, la clave reside en entender dónde recaen las realidades de la expropiación, el saqueo, el desposeimiento violento y la super-explotación.
En el modo de producción capitalista existe una explotación de base para todos los trabajadores, pero sobre ciertos cuerpos racializados recae una violencia extraordinaria de extracción. Williana Burroughs lo explicaba con nitidez en 1930: el grupo negro fue dispersado desde África hacia todo el hemisferio occidental mediante la esclavitud para ser situado en la base de la escala económica. En las colonias, la codicia imperialista impone salarios miserables y condiciones de trabajo brutales que ella describía como «incalificables».
Para las mujeres negras, la realidad es la super-explotación: el trabajo forzado, la expropiación de tierras, la privación de educación y una legislación represiva. La racialización no es estática; se reconstituye constantemente para garantizar la super-ganancia. Lo que estas mujeres hacen en el libro no es solo «organizar»; están teorizando desde la práctica. Desafían la división cartesiana mente-cuerpo que suele reducir a los sujetos negros a la pura acción física. Ellas están produciendo teoría fundamentada (grounded theory).
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La cronología del libro abarca desde los años 20 hasta los 70, permitiéndonos rastrear las oleadas de anticomunismo en EE. UU. Hoy vivimos un nuevo momento de pánico: ataques a lo "woke", a la Teoría Crítica de la Raza y al "marxismo cultural". ¿Qué nos enseñan estos escritos sobre la persistencia del anticomunismo como estructura de la política liberal?
CBS: El «Pánico Rojo» (Red Scare) es, en realidad, un proceso continuo. Solemos periodizarlo en 1919 o en la era McCarthy, pero la represión nunca se detuvo. En 1939 tuvimos la Ley Hatch; en 1940, la Ley Smith, bajo la cual el Partido Comunista fue diezmado.
El anticomunismo siempre ha tejido una alianza entre el racismo anti-negro y la xenofobia. Se tacha de «peligrosamente antiamericano» cualquier intento de desegregación o anticolonialismo. En 2020, durante las rebeliones por George Floyd, volvimos a escuchar la retórica del «agitador externo» (outside agitator). Es la misma lógica que se usó contra los bolcheviques en 1919: la idea de que los negros son «demasiado ignorantes» para organizarse por sí mismos y que deben estar siendo manipulados por potencias extranjeras (Rusia entonces, China o Rusia hoy).
JD: Es vital entender que los liberales odian a los comunistas tanto como los conservadores. El anticomunismo es el terreno común de la clase dominante. El pánico hacia el comunismo une a la burguesía porque lo que más temen es una clase trabajadora organizada que no esté dividida por raza o etnia. Por eso, cuando nos sugieren «cambiar el nombre» al comunismo por algo más suave, están ignorando que es precisamente ese nombre el que señala el límite de lo que el sistema puede tolerar.
En la antología, muchas autoras identifican a EE. UU. no como el "salvador de la democracia" en la Segunda Guerra Mundial, sino como una formación de poder con características fascistas.
JD: Exacto. Ellas reconocieron que EE. UU. combinaba la supremacía blanca, la supremacía masculina y el capitalismo en una formación imperialista. Mientras el país pretendía luchar por la democracia en el extranjero, mantenía un régimen de apartheid legal en el Sur. Claudia Jones fue clarísima: el peligro principal del fascismo para el mundo emanaba de las fuerzas imperialistas concentradas en los Estados Unidos.
CBS: Alice Childress ofrece una visión que me parece sublime. Define la paz no solo como la ausencia de guerra, sino como «encontrar la cura para el cáncer, alimentar a los hambrientos, convertir los suburbios degradados en apartamentos con jardines y abrir cada escuela a todas las razas». Es una visión donde la paz es justicia social acumulada.
Llama la atención que en esos años no hubiera un compromiso tan explícito con la cuestión de la indigeneidad en el contexto estadounidense, a diferencia de lo que vemos hoy. ¿Cómo interpretan ese vacío?
CBS: Fue un punto ciego innegable. El Partido Comunista de la época veía la Revolución Americana como un proyecto «progresista pero incompleto». Había una aceptación tácita de que el proyecto nacional ya estaba consumado, en lugar de verlo como un proceso colonial en curso. Sin embargo, estas mujeres sí hablaban de indigeneidad en el contexto africano. Es nuestra tarea histórica hoy integrar el marxismo-leninismo con la descolonización total de la tierra en la que nos situamos.
Para cerrar, hablemos de la «forma Partido». Hoy, tras décadas de desindustrialización y debilitamiento de los sindicatos, muchos ven al partido como algo obsoleto. ¿Qué nos dicen estas mujeres sobre la necesidad de la organización colectiva?
CBS: Para estas mujeres, la formación política no era un estudio individual, era una práctica colectiva. Participaban en escuelas de educación para adultos, como la Escuela de Ciencias Sociales Jefferson, donde se creaba un vocabulario común vinculado a la lucha práctica: contra los desahucios en Harlem, por la defensa de los "Scottsboro Boys" o por los derechos de las trabajadoras domésticas.
JD: La lección es simple: no puedes luchar solo. Para construir poder, debes conectarte con otros. El compromiso con la organización —ya sea el Partido, un sindicato de inquilinos o un grupo de trabajadoras domésticas— es lo que permite que la teoría se convierta en una fuerza material. El pánico de la academia israelí o de las instituciones liberales hoy ante el boicot y la desinversión es prueba de que la organización colectiva sigue siendo la única herramienta capaz de alterar las condiciones materiales de la opresión.
CBS: Como dice el título del libro, que tomamos de una columna de Alice Childress: Organizar, luchar, ganar. No es una utopía abstracta; es un horizonte de lucha concreta por un mundo donde ningún ser humano sea desechable.
* Este diálogo forma parte del seminario Radical Anti-Racism Today del Institute for Culture & Society Western Sydney University. Tuvo lugar el 10 de mayo de 2023.
