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Shulamith Firestone: la feminista radical que quiso abolir el embarazo (y no solo)

Lo que hace que merezca la pena volver a este libro es su reconocimiento central de que la capacidad de quedarse embarazada es el terreno sobre el que todavía operan gran parte de la explotación y la desigualdad, y que para abordar este problema será necesario que la sociedad piense de forma radical.

Victoria Margree22 noviembre 2023

Shulamith Firestone: la feminista radical que quiso abolir el embarazo (y no solo)

Cuando la escritora Shulamith Firestone publicó su manifiesto feminista La dialéctica del sexo, en 1970, se convirtió en todo un fenómeno editorial. Medio siglo después, su posición favorable a los úteros artificiales sigue pesando, a menudo burlonamente, sobre su recuerdo. Ahora bien, dado que el derecho al aborto y las tecnologías reproductivas son los temas candentes de las sociedades contemporáneas, los argumentos sobre la explotación del trabajo reproductivo de las mujeres presentes en aquel libro siguen estando a la orden del día.

Firestone, nacida en Canadá, era estudiante de arte y emergía como figura destacada del emergente movimiento de Liberación de la Mujer en Chicago y Nueva York cuando publicó La dialéctica del sexo. Conocida intelectualmente como parte del feminismo de la segunda ola, mantuvo una posición de vanguardia entre las mujeres que se organizaron en los años 60 y 70 para regenerar el movimiento feminista de finales del siglo XIX. Su libro se vendió ampliamente y suscitó elogios y críticas tanto de comentaristas de la corriente dominante como de otras voces feministas.

El motivo de la polémica radicaba en una de las afirmaciones centrales de Firestone, «el embarazo es una barbarie», y en que identificaba el papel de la mujer en la maternidad como fuente de la opresión femenina. En este contexto, e imaginando un futuro utópico donde el problema de la desigualdad de género estuviera resuelto, propuso que la reproducción biológica se sustituyera por la ectogénesis –el desarrollo de embriones en úteros artificiales– para liberar a las mujeres de «la tiranía de la reproducción».

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En 1970, las propuestas de Firestone eran fáciles de tachar de ciencia ficción. Pero en 2017 los científicos lograron fabricar una «biobolsa» que gestó un feto de cordero durante varias semanas. Las implicaciones éticas y políticas de cualquier posible ectogénesis humana apenas se están empezando a tener en cuenta. Por ejemplo, se dice que los úteros artificiales podrían cambiar radicalmente los términos del debate sobre el aborto.

Si bien Firestone los veía como una oportunidad para aumentar las opciones reproductivas y la autonomía de las mujeres, es igualmente posible que esta tecnología se utilice para justificar nuevas formas de control sobre los cuerpos de las personas embarazadas, y quizá dar lugar a una ofensiva de los argumentos antiabortistas, quienes podrían señalar que la interrupción del embarazo ya no es necesaria, pues los fetos pueden transferirse a una suerte de gestación artificial.

Opresión y tecnología

Firestone creía que los orígenes históricos de la opresión de la mujer residían en los embarazos incontrolados que sufrían las mujeres fértiles antes de que se generalizara el uso de métodos anticonceptivos eficaces. El hecho de que la mayoría de las mujeres en edad fértil se vieran inmersas en un ciclo constante de embarazos, partos y lactancia de niños pequeños, significaba que las mujeres pasaban a depender de los hombres para satisfacer sus necesidades vitales, como la alimentación y la vivienda, y quedaban excluidas de otras funciones sociales. Esto creó la primera división de clases entre los seres humanos: hombres productores, mujeres reproductoras.

La idea de Firestone era que estas jerarquías sociales podían cambiar. Los avances en las tecnologías reproductivas, como la anticoncepción, los procedimientos abortivos seguros y las tecnologías emergentes de fecundación in vitro, crearon la posibilidad de que las mujeres adquirieran el control sobre sus capacidades reproductivas. Podrían elegir ser madres, o no, según sus propios deseos.

Pero el problema era que en 1970 las tecnologías que prometían esa autonomía estaban bajo el control de fuerzas patriarcales y conservadoras que negaban el aborto a las mujeres o solo permitían la anticoncepción a las mujeres casadas. Tomando prestado las lecciones políticas de Karl Marx, Firestone hizo un llamamiento a las mujeres para que se apoderaran temporalmente del «control de la fertilidad humana», es decir, que se apropiaran de las tecnologías de la reproducción, del mismo modo que el proletariado debe apoderarse de los medios de producción. Con ello quería decir que las propias mujeres debían controlar el aborto y la fecundación in vitro, y no depender de instituciones políticas y médicas dominadas por los hombres.

Una vez las mujeres hubieran sido liberadas de su papel tradicional en la reproducción, Firestone creía que podría surgir un tipo diferente de paternidad. La familia nuclear, que ella veía como un símbolo del poder masculino, podría ser abolida y sustituida por una estructura difusa de crianza en la que los niños serían criados por grupos de adultos en espacios denominados como «hogares». Compartir las responsabilidades parentales permitiría a las mujeres ser madres sin tener que sacrificar sus anteriores ocupaciones e identidades. Los niños se beneficiarían de tener relaciones enriquecedoras con múltiples adultos, mientras que la paternidad se abriría también a personas incapaces de convertirse ellas mismas en padres biológicos.

Releyendo a Firestone hoy

La evolución de la teoría feminista desde la segunda ola ha revelado graves defectos en el trabajo de Firestone, entre ellos su ceguera ante el abuso histórico de las capacidades reproductivas de las mujeres negras y un enorme miedo al cuerpo que la llevó a centrarse unilateralmente en los retos físicos del embarazo. Famosa es su expresión en la que califica el parto de «como cagar una calabaza».

Pese a todo, las feministas actuales seguimos volviendo a su manifiesto. En parte porque su obra coincide con los principios del movimiento por la justicia reproductiva, que exige no solo el derecho a poner fin a un embarazo no deseado, sino también a experimentar la crianza en condiciones que permitan prosperar tanto a los hijos como a los padres y madres.

También se cita cada vez más a Firestone como influencia de las corrientes xenofeministas, que abogan por el «hackeo» de las tecnologías con fines progresistas, y de quienes buscan repensar el parentesco y el cuidado más allá de la familia biológica, como las teóricas queer y Sophie Lewis, defensora de la «gestación subrogada completa».

Poco después de la publicación de La dialéctica del sexo en 1970, Firestone se retiró del movimiento feminista y de la escena pública. Parece que se concentró en su carrera como artista visual, al tiempo que hacía frente a una enfermedad mental recurrente por la que a veces era hospitalizada. Murió en Nueva York en 2012.

Aunque se recuerda a Firestone por su llamamiento en favor de los úteros artificiales, su visión de una sociedad alternativa siempre fue mucho más rica que el deseo de abolir por completo el embarazo. E incluía el reconocimiento de que algunas personas hasta podrían desear seguir reproduciéndose de la forma «anticuada», es decir, la biológica. Lo más importante para ella se basaba en que «la decisión de no tener hijos o de tenerlos por medios artificiales» fuera «tan legítima como la maternidad tradicional».

Lo que hace que merezca la pena volver a su libro es su reconocimiento central de que la capacidad de quedarse embarazada es el terreno sobre el que todavía operan gran parte de la explotación y la desigualdad, y que para abordar este problema será necesario que la sociedad piense de forma radical.

Victoria Margree

Es profesora titular de Humanidades en la Universidad de Brighton

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en The Conversation el 12 de noviembre de 2019 

La dialéctica del sexo
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