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Secuestro en Caracas

La disonancia cognitiva del presidente estadounidense, la cortedad de su equipo y el comportamiento intelectual y políticamente lacayuno de las clases dirigentes europeas, así como la enormidad y la potencia de las necesidades y de los diseños político-intelectuales de las clases trabajadoras y pobres globales están abriendo un proceso genuinamente constituyente de carácter anstisistémico.

Tariq Ali 8 enero 2026

Secuestro en Caracas

Dos décadas antes de que las fuerzas estadounidenses secuestraran al presidente venezolano Nicolás Maduro el pasado fin de semana, Hugo Chávez ya había predicho esta estrategia:

Hace años, alguien me dijo: «Van a acabar acusándote de narcotraficante, a ti personalmente, a ti, Chávez. No solo que el gobierno lo apoya o lo permite, no, no, no. Van a intentar aplicarte la fórmula Noriega». Están buscando una forma de asociar directamente a Chávez con el narcotráfico. Y entonces, todo vale contra un «presidente narcotraficante», ¿no?

En la mañana del 3 de enero, Trump tuiteó un mensaje de Feliz Año Nuevo. Estados Unidos había llevado a cabo «un ataque a gran escala contra Venezuela y su líder». El presidente Maduro y su esposa Cilia habían sido «capturados y sacados del país». Trump dijo que en unas horas daría más detalles. Sin embargo, los detalles eran confusos.

Más tarde, ese mismo día, un viejo amigo de Caracas me llamó para comentarme que desde hacía tiempo se estaban produciendo negociaciones secretas entre el régimen y los estadounidenses. Los estadounidenses querían la cabeza de Maduro, que él se negó a entregar. De acuerdo con The New York Times, le ofrecieron trasladarlo a Turquía para que disfrutara de una jubilación acomodada, pero él lo rechazó, lo cual dice mucho a su favor. Y aunque ofreció repetidamente negociar con Washington sobre cuestiones relacionadas con el petróleo y las importaciones de drogas de Estados Unidos, también movilizó al pueblo venezolano contra el despliegue del poderío militar de Trump en el Caribe.

Evidentemente, el gobierno de Trump prefirió negociar con Delcy Rodríguez, la vicepresidenta, y otros actores en Venezuela, donde los dos ministros clave son Diosdado Cabello, que se halla al frente del Ministerio del Interior, y Vladimir Padrino, que dirige el Ministerio de Defensa. Ambos cuentan con el apoyo del Ejército, que cuenta con unos 100.000 efectivos, y Cabello también dirige las fuerzas de las milicias populares, cuyo número es todavía mayor según todas las informaciones. A medida que Trump fortalecía su amenazante la presencia naval estadounidense en el Caribe durante los últimos meses, el gobierno de Maduro respondía armando a determinados sectores de la población.

La pregunta de quién gobierna ahora Venezuela se ha convertido, por lo tanto, en una cuestión crucial. La primera respuesta provino de Trump: «Vamos a gobernar el país hasta que podamos llevar a cabo una transición segura, adecuada y juiciosa». Pero el gobierno de Trump se encuentra en una encrucijada. Las bases MAGA de Trump no están a favor del envío de tropas estadounidenses para que mueran en países extranjeros, lo cual fue un elemento central de la campaña electoral conducida contra los Demócratas y la vieja guardia del Partido Republicano en relación con Afganistán e Iraq. No quieren tropas estadounidenses sobre el terreno en Venezuela. Al mismo tiempo, los ultras de extrema derecha latinos emigrados representados por Rubio no están contentos con que los bolivarianos sigan en el poder en Caracas.

En un momento dado se habló de que Marco Rubio podría ser nombrado gobernador o cónsul de facto, encargado de dar las órdenes pertinentes al gobierno venezolano. Mientras tanto, los mensajes procedentes de Caracas han sido contradictorios. El día después de la captura de Maduro, el ministro del Interior, Cabello, declaró:

Esto es un ataque contra Venezuela. Estamos listos y preparados. Hacemos un llamamiento a nuestro pueblo para que mantenga la calma y confíe en los dirigentes. No permitáis que nadie se desanime ni facilite la situación al enemigo agresor.

Delcy Rodríguez, confirmada por el Tribunal Supremo de Venezuela como presidenta interina durante los próximos tres meses, apareció en la televisión estatal para pedir la liberación de Maduro. Trump la atacó en una entrevista concedida a The Atlantic por no ser lo suficientemente flexible, diciendo que había hecho promesas que ahora debía cumplir y amenazándola abiertamente: «Si no hace lo correcto, va a pagar un precio muy alto, probablemente más alto que Maduro». Y continuó: «Un cambio de régimen, o como quieran llamarlo, es mejor que lo que hay ahora. No puede ser peor».

El gobierno de Trump parece incapaz de comprender que, independientemente de lo que la gente piense de Maduro, muy pocos venezolanos acogen con agrado una invasión de su país por parte de Estados Unidos. Se trata de una tradición que se remonta a Simón Bolívar, quien advirtió específicamente que América Latina debería tener cuidado con el nuevo imperio del norte y resistirse a cambiar la dominación española por la estadounidense. Desde el domingo, se han producido manifestaciones en muchas partes del país para exigir la liberación de Maduro, incluida una multitudinaria celebrada en la propia Caracas. La consternación va mucho más allá de la base de apoyo del régimen. A un destacado líder católico contrario a Maduro entrevistado en BBC Radio 4 este 5 de enero, le dijeron: «Debe de estar muy contento ahora». Él respondió: «No, no estamos contentos. No nos gusta que nuestro país sea ocupado y la mayoría de los venezolanos no quieren que sea ocupado».

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Tal y como advirtió Chávez, Trump y Rubio han estado tratando de inculpar a Maduro por «narcoterrorismo», la última versión de las celebérrimas armas de destrucción masiva invisibles, aducidas para invadir Iraq. «Maduro NO es el presidente de Venezuela», tuiteó Rubio el verano pasado, «y su régimen NO es el gobierno legítimo. Maduro es el jefe del Cartel de Los Soles, una organización narcoterrorista, que se ha apoderado de un país. Y está acusado de introducir drogas en Estados Unidos».

Como es bien sabido, el propio Rubio proviene de una distinguida familia de traficantes de cocaína, muy implicada en el tráfico de drogas en toda Sudamérica. Sus familiares llevan años involucrados en el contrabando de cocaína a Estados Unidos. Como secretario de Estado, ha colocado a traficantes de drogas en todos los gobiernos proestadounidenses del continente. No es de extrañar que algunos digan que el asalto podría ser en realidad una maniobra de Rubio para defender a los narcotraficantes patrocinados por Estados Unidos frente a los traficantes más autónomos, que también existen en esa parte del mundo.

Otra ironía es que la Delta Force, el equipo de fuerzas especiales terroristas del Estado estadounidense, que han secuestrado al presidente venezolano, es considerada por muchos como una red de tráfico de drogas dentro de Estados Unidos. El periodista de investigación Seth Harp, en su libro The Fort Bragg Cartel: Drug Trafficking and Murder in the Special Forces (2025), documenta los asesinatos cometidos y el tráfico de drogas efectuado en las instalaciones del ejército estadounidense situadas en las afueras de Fayetteville, Carolina del Norte, y sus alrededores. El libro de Harp entró en la lista de los libros más vendidos de The New York Times y los críticos han aceptado en gran medida sus conclusiones. Así que esta operación criminal estadounidense fue llevada a cabo por su propio cártel de la droga. Aquí no hay ningún sentido de la vergüenza, ni nada por el estilo. Simplemente lo hacen, asumiendo que la gente seguirá aceptándolo mientras puedan señalar algunos éxitos.

Imposible eludir, por supuesto, a la fiscal general Pam Bondi tuiteando las denominadas acusaciones alegadas contra Maduro, que tienen un toque de locura:

Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, han sido acusados en el Distrito Sur de Nueva York. Nicolás Maduro ha sido acusado de conspiración para cometer narcoterrorismo, de conspiración para importar cocaína, de posesión de ametralladoras y dispositivos destructivos, y de conspiración para poseer ametralladoras y dispositivos destructivos contra Estados Unidos.

Ningún abogado serio activo en Estados Unidos podría tomarse esto en serio. Todo esto es una farsa. Acusar a un presidente en ejercicio, al que acabas de secuestrar mientras bombardeabas su capital, de «conspiración para poseer» armas automáticas es grotesco. Bondi está montando un juicio espectáculo, pero puede que ello no sea tan fácil como ella cree. Sin duda, algunos de los mejores abogados de Estados Unidos defenderán a Maduro y se harán cargo de su caso. Esto indica, no obstante, que los nombramientos para este segundo gobierno de Trump se hicieron en gran medida en función de un criterio de lealtad y no de competencia, seleccionando a personas que no cuestionaran al presidente y sus ideas descabelladas, como deja claro la entrevista con la jefa de gabinete de Trump publicada en Vanity Fair. La ausencia de una oposición seria en el país capaz de insistir en la autoridad del Congreso sugiere un proceso de decadencia en el seno de las propias instituciones de la democracia burguesa estadounidense.

Muchos han indicado, como el propio Chávez señaló, que este es el guion de Noriega. Pero hay un sentido importante en el que Maduro, sean cuales sean sus debilidades, no puede compararse con Noriega. El hombre fuerte panameño había trabajado eficazmente para la CIA desde la década de 1950, traficando con armas para grupos de derecha muy involucrados en el tráfico de drogas, antes de enemistarse con Washington. Había sido entrenado en las consabidas técnicas de tortura en la famosa Escuela de las Américas, donde innumerables mafiosos y traficantes de drogas y lavadores de dinero tuvieron su primera experiencia para comprender lo que se les exigía. Estados Unidos lo trató muy mal, a pesar de todo lo que había hecho por ellos. Noriega empezó a acariciar e integrar en su cabeza la idea de lo que era la soberanía nacional, momento en el que el gobierno de George H. W. Bush decidió expulsarlo airadamente. Sin embargo, esa operación fue respaldada por una invasión militar estadounidense, antes de que un destacamento conjunto de Delta-SEAL lo sacara de su palacio y lo entregara a los marshals estadounidenses para que lo encarcelaran tras un juicio farsesco.

Pero hay otro precedente que no debe olvidarse: el de Jean-Bertrand Aristide, presidente de Haití a principios de la década de 1990 y, de nuevo, desde su elección en 2001 hasta su derrocamiento en 2004. Inicialmente moderado, Aristide se atrevió a decir que Francia debía indemnizar a Haití por las enormes reparaciones que la isla se había visto obligada a pagar a su antigua potencia colonial por el delito de abolir la esclavitud tras la Revolución Haitiana de 1791-1804, que giraba en torno a los 21 millardos de dólares actuales. París temía que esto sentara un precedente para las demandas argelinas. En febrero de 2004 funcionarios franceses y haitianos colaboraron con Estados Unidos para obligar a Aristide a abandonar el país.

Hay una nota al pie interesante al respecto. En la primavera de 2004 me encontraba en una conferencia en Caracas, cuando se llevó a cabo esta operación franco-estadounidense. Al día siguiente del secuestro de Aristide, le dije a Chávez: «¿Por qué no le ofreciste asilo?». Él respondió: «Me siento muy molesto por este asunto. Aristide intentó hablar por teléfono conmigo, pero estábamos ocupados con la conferencia. Cuando recibí el mensaje, ya era demasiado tarde. Ya lo habían enviado a Sudáfrica, y lo lamento». Le dije que pronto iría a Johannesburgo a dar una conferencia. Chávez me dijo: «Por favor, intenta reunirte con él y dile que aquí es muy bienvenido. Debería volver a su región para luchar contra esos sinvergüenzas». De hecho, transmití el mensaje a Aristide. Pero creo que Pretoria tenía un acuerdo para mantenerlo en Sudáfrica hasta que Estados Unidos le permitiera regresar a Haití. Maduro es el último de una larga lista.

Los ataques contra él recuerdan los ataques contra Chávez, continuamente acusado por los medios de comunicación occidentales de ser un dictador. ¿Por qué? Porque llevaba uniforme. Pero Chávez era extremadamente popular y ganó una elección tras otra; no hacía falta ir a los Estados del Golfo y a Arabia Saudí para encontrar gente infinitamente peor en todos los aspectos. La Constitución radical- democrática de Chávez, que incluía el derecho a destituir al presidente mediante referéndum, si fuera necesario, fue denunciada por la oposición de derecha, aunque luego intentó utilizar este mismo mecanismo de destitución contra él. Yo estaba en Caracas en una de las ocasiones en que Jimmy Carter visitó el país para observar las elecciones venezolanas. Se sorprendió cuando, al entrar en un restaurante en los frondosos suburbios del este de la ciudad, donde vive la burguesía, la oposición local le cubrió de insultos. Después dijo: «Nunca he visto una oposición como esta en ninguna otra parte». Cuando le preguntaron: «¿Qué le han parecido las elecciones?», respondió que no había visto unas elecciones tan justas en ningún país, incluyendo claramente a Estados Unidos.

Chávez siempre insistió en que la Revolución Bolivariana debía ser una experiencia democrática y así fue. Muchas personas, incluido yo mismo, discutimos esto con él. Cuando se conocieron los primeros resultados del referéndum de 2004, le pregunté a Chávez: «Compañero, ¿qué vamos a hacer si perdemos?». Él respondió: «¿Qué se hace si se pierde? Se abandona el cargo y se lucha de nuevo desde fuera, explicando por qué se equivocaron». Tenía muy claro este punto. Por eso es una farsa desde el primer momento acusar a los chavistas de ser antidemocráticos. Durante el período de Chávez, los periódicos y las cadenas de televisión de la oposición difundían propaganda sin cesar, atacando al régimen, algo que nunca se habría visto en Gran Bretaña o Estados Unidos. Cuando la gente le decía a Chávez: «Debemos tomar medidas drásticas», él respondía: «No, luchamos contra ellos políticamente».

Desde 2013, el régimen ha perdido su sustancia y su energía. Si Maduro ganó las elecciones de 2024, no fue capaz de aportar ninguna prueba de ello, cuando Lula se las pidió. En el ámbito económico, no hay duda de que los bolivarianos fueron mal aconsejados, incluso durante la época de Chávez. Cuando los mejores economistas keynesianos, entre ellos Dean Baker y Mark Weisbrot, así como Joseph Stiglitz, acudieron a Caracas, no se siguieron sus recomendaciones. Quizá hubiera sido mejor en ese momento que hubieran recurrido a los chinos. Pero el verdadero deterioro económico fue consecuencia del asedio de Estados Unidos. Las sanciones impuestas a la venta de petróleo, decididas por Trump en 2017-2018 y mantenidas por Biden, provocaron el abandono del país por al menos 7 millones de personas, mientras los refugiados venezolanos comenzaban a aparecer en Miami, Colombia y otras partes de América Latina. Washington sabía lo que estaba haciendo.

El apoyo de las fuerzas armadas venezolanas también tuvo un coste. Tras el intento de golpe de Estado contra Chávez perpetrado en 2002, le dije: «Esta es tu oportunidad para llevar a cabo una reestructuración masiva del Ejército». Pero él respondió: «No es fácil hacerlo. Estamos despidiendo a todos los generales de alto rango, que sabían o participaron en el intento de golpe de Estado contra mí». Entonces le dije: «Bueno, eso es muy generoso de tu parte, porque si se hubiera producido un intento de golpe de Estado contra un gobierno electo en Estados Unidos, es muy probable que el general de mayor rango hubiera sido ejecutado por traición y los demás generales hubieran sido encarcelados durante años. Pero has sido muy amable, has dejado marchar a algunos de ellos». Él respondió: «Es mejor que se vaya el olor». En aquel momento me pareció una debilidad.

A pesar de todo ello, durante un largo periodo el régimen bolivariano combinó la democracia radical, programas de bienestar social y alfabetización de gran alcance y una política exterior internacionalista. Esa era la constelación. La contribución cubana fue muy importante por las misiones médicas y todas las demás formas de colaboración y ayuda implementadas por el gobierno cubano. Pero los cubanos no tenían nada que enseñar sobre democracia, por desgracia. A medida que se endurecía el bloqueo económico, Caracas abandonó prácticamente todas las reformas chavistas y se decantó por la dolarización y la austeridad a partir de 2019. En política exterior, sin embargo, no siguieron ese camino. Han reducido mucho el petróleo a Cuba como consecuencia de las sanciones estadounidenses, pero no han abandonado a La Habana. Mantuvieron una posición firme sobre Gaza y Oriente Próximo, postura que obviamente ha molestado a los estadounidenses. Como ha dejado claro Washington, quieren un gobierno Rubio-Trump que sea suyo al 100 por 100.*

A escala oficial, la reacción internacional ha sido, como era de esperar, moderada. Naturalmente China, Rusia y muchas otras potencias regionales han condenado el ataque militar y el secuestro de Estados Unidos y han pedido la liberación inmediata de Maduro y Flores. Tras algunas vacilaciones, los europeos se han unido en apoyo de su protector, aunque con un poco más de ambivalencia que la que han mostrado al respaldar el genocidio israelí en Gaza. Macron emitió inicialmente un comunicado en el que pedía a los venezolanos que «se alegraran» por el secuestro de Maduro, pero luego se lo pensó mejor y emitió otro en el que decía que Francia «no apoyaba ni aprobaba» los métodos estadounidenses, antes de emitir, como es habitual en él, un tercero en el que esperaba una transición pacífica hacia una Venezuela liderada por Edmundo González Urrutia. Merz considera que la legalidad del secuestro es «compleja». Starmer también se ha mostrado evasivo, murmurando sobre el «apoyo al derecho internacional» y evitando cualquier crítica a Trump.

Un doble rasero al que están acostumbrados los ciudadanos y ciudadanas europeos. Por un lado, Rusia, contra la que la UE está preparando su vigésimo paquete de sanciones; y por otro, Israel, que mantiene su estatus de nación favorecida. Y ahora hay un tercer doble rasero: el ataque a Venezuela. En comparación, la actitud de The New York Times es más directa, calificando la operación de ejemplo de «imperialismo moderno», que representa «un planteamiento peligroso e ilegal del lugar que ocupa Estados Unidos en el mundo». El periódico cita a representantes republicanos electos, que se han pronunciado en el Congreso contra el modo de proceder de Trump: los senadores Rand Paul y Lisa Murkowski y los representantes Thomas Massie y Don Bacon.

Es posible que se produzcan nuevas movilizaciones en los propios Estados Unidos. El nuevo alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, denunció el ataque unilateral contra una nación soberana como un acto de guerra y ya se han producido protestas en ocho ciudades estadounidenses. La solidaridad con la República Bolivariana es fundamental. No solo está en juego el futuro de Venezuela, sino también el de la Revolución Cubana, la primera y, por desgracia, parece que última revolución socialista en América. Cuba ha sido golpeada y asediada permanentemente por Estados Unidos: una invasión derrotada en Playa Girón, sanciones constantes, ataques continuos, mentiras sin fin. Desprovista del petróleo venezolano, suministrado gratuitamente desde que los bolivarianos llegaron al poder, hay motivos para temer por el futuro de Cuba. Y si Estados Unidos logra «limpiar» Venezuela, Cuba bien podría ser la siguiente.

Pero esto puede resultar más difícil de lograr de lo esperado. Las manifestaciones en Caracas deberían servir de advertencia al gobierno de Trump. En los últimos días, Delcy Rodríguez ha oscilado entre discursos militantes, atacando lo que ha sucedido, y palabras tranquilizadoras para los estadounidenses. Trump afirma: «No nos interesa lo que dice, nos interesa lo que hace». Tiene razón. Mucho dependerá, no tanto de ella, porque es solo una figura decorativa, sino del Ejército venezolano, actor absolutamente crucial.

El gobierno de Trump podría enfrentarse a un dilema. Los bolivarianos siguen controlando las fuerzas militares y paramilitares venezolanas, los tribunales, la industria petrolera y todos los niveles de la burocracia administrativa. Las emociones están a flor de piel, como dejó claro el mensaje transmitido a la Asamblea Nacional de Venezuela por el hijo de Maduro. El gobierno de Rodríguez ha estado negociando, como sabemos. Pero si Trump y Rubio aumentan demasiado la presión, dada la hostilidad general hacia el ataque estadounidense, Caracas podría verse obligada a mostrar cierta resistencia. Si Rodríguez y compañía se niegan a colaborar en algún momento, Trump podría ser capaz de ignorarlo, pero el campo de Rubio no. En ese momento, la lógica de tratar a Caracas como un gobierno títere podría romperse y la línea sería: «De acuerdo, son traidores, vamos a por ellos», enviando finalmente tropas sobre el terreno, lo cual produciría ipso facto una situación complicada. También causaría enormes tensiones dentro del propio bando de Trump, porque es algo que ha prometido repetidamente no hacer.

En su discurso de 2005, Chávez continuó diciendo:

Fidel me dijo una vez: «Chávez, si eso nos pasa a ti o a mí, si nos invaden, lo último que haríamos sería lo que hizo Sadam: irnos a escondernos en un agujero. Hay que morir luchando, en primera línea de batalla». Y eso es lo que yo haría: si tengo que morir, moriré en primera línea con la dignidad de un venezolano que ama a este país.

Aún no hay nada decidido.


Recomendamos leer Julia Buxton, «Venezuela después de Chávez», NLR 99; Jeremy Adelman y Pablo Pryluka «América Latina: la siguiente transición», Diario Red/NLR 149, Juan Carlos Monedero, «Francotiradores en la cocina», NLR 120; André Singer, «Lulismo 3.0: un diagnóstico a mitad de mandato», Diario Red/New Left Review 150,  «El regreso de Lula», NLR 139, y «Rebelión en Brasil», NLR 85; Tony Wood, «México en estado de cambio», Diario Red/NLR 147 y «¿Restauración en Chile?», Diario Red; Ernesto Teuma, «Una nueva izquierda en Cuba», Diario Red/NLR 150; Forrest Hylton y Aaron Tauss, «Colombia en la encrucijada», NLR 99; Mauricio Velásquez, «La batalla de Bogotá», NLR 91; Camila Vergara, «La batalla por la Constitución de Chile», NLR 135; Rafael Correa, «La vía del Ecuador», NLR 77;  y Maria Stella Svampa, «El fin del kirchnerismo», NLR 55. Lautaro Rivara, «Estados Unidos refuerza la militarización del Caribe y se acerca a un punto de inflexión», «William Serafino: “Venezuela es un tablero central de la batalla geopolítica global», «¿Intervendrá Estados Unidos en Venezuela? Una hipótesis en varios indicios, (I)», «¿Intervendrá Estados Unidos en Venezuela? Una hipótesis en varios indicios, (II)», Diario Red.

Este texto se ha publicado en Sidecar, el blog de la New Left Review, publicada en Madrid por el Instituto Republica & Democracia de Podemos y por Traficantes de Sueños. Ha sido republicado de Diario Red con el permiso expreso del traductor.

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