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Cómo Raymond Williams redefinió la cultura

Raymond Williams se propuso reclamar la cultura a la élite literaria de su época. Un siglo después de su nacimiento, sus ideas nos siguen dando lecciones.

Lola Seaton29 junio 2023

Cómo Raymond Williams redefinió la cultura

Cuando el intelectual y escritor socialista Raymond Williams murió, repentina y prematuramente, en enero de 1988 a la edad de 66 años, buena parte de los obituarios que se le dedicaron expresaban la pérdida de este intelectual en términos superlativos. La izquierda británica, escribió Robin Blackburn en la New Left Review, ha perdido a su "voz más autorizada, coherente y radical" y la cultura británica a su "crítico más agudo". En una velada conmemorativa celebrada al año siguiente, el teórico Stuart Hall dijo a los asistentes que Williams "es, en mi opinión, sin lugar a dudas, el crítico cultural, historiador y teórico más importante de la posguerra".

La pérdida también se sintió en términos inusualmente personales. En 1989, en el acto conmemorativo presidido por Hall, la psicoanalista y feminista socialista Juliet Mitchell confesó que aún no se había recuperado de la muerte de Williams: "Para mí, Raymond llegó a tener una importancia casi mítica. Su obra es para mí una presencia permanentes". Colin MacCabe, que conoció bien a Williams en la década de 1970, y Hilary Wainwright, que se encontró con Williams debido a su participación conjunta en la Socialist Society en la década de 1980, describieron la fuerza que tenía siempre la "presencia" de Williams. Para Terry Eagleton, amigo de Williams y antiguo alumno y colega en el departamento de inglés de Cambridge, donde Williams enseñó desde 1961 hasta que se jubiló en 1983, era "en gran medida una figura paterna, no sólo para mí. En cierto sentido, era como un padre".

La autoridad moral de la obra de Williams y el afecto que inspiró surgieron de la presión autobiográfica y el compromiso político de sus escritos. Francis Mulhern, editor de Williams en New Left Books (ahora denominada Verso), reflexionó tras su muerte sobre la "fuerte sensación de un individuo que piensa, siente y habla" detrás de sus palabras. Como me dijo Eagleton: "Era el tipo de socialista que realmente vivía sus creencias personalmente". 

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Pero en 2018 Eagleton lamentó que, tres décadas después de su muerte, la influencia de Williams hubiera, "en su mayor parte", “menguado desastrosamente”. El prólogo de 1979 a la serie de entrevistas con Williams publicadas como Politics and Letters –una especie de autobiografía oral colaborativa– comenzaba señalando el amplio número de lectores de Williams: contaba con una "posición única entre los escritores socialistas del mundo angloparlante". Pero la introducción de Geoff Dyer a la reedición del libro en 2015 señala, en cambio, la "larga y gradual reducción de un legado y una influencia que parecían asegurados". A diferencia de su casi contemporáneo escritor socialista John Berger, cuyos libros fueron vistos durante las protestas de Occupy Wall Streeet, Williams parecía "la digna reliquia de una Gran Bretaña desaparecida, anterior a Thatcher".

Es cierto que Williams tenía una figura un tanto arcaica –según Eagleton, poseía el aspecto del "don arquetípico", con chaqueta de tweed y pipa–, pero la comparación es asimétrica: Berger vivió hasta 2017, mientras que Williams murió cuando Thatcher aún estaba en el poder y la Unión Soviética existía. Con el colapso de la URSS, dijo MacCabe, "una de las partes determinantes del mundo intelectual... simplemente se fue", alterando irrevocablemente las coordenadas para cualquier otra alternativa política. Toda la obra de Williams "se basa en el supuesto de que se está contribuyendo a la construcción de una sociedad socialista", afirma MacCabe, y aunque Williams fue muy crítico con el comunismo soviético, su obra es "difícil de leer" en el mundo de la posguerra fría.

Pero si Williams nos parece lejano, no es sólo porque hable desde un mundo diferente y desaparecido, sino por la forma particular en que enraizó su obra en ese mundo. Su compromiso crítico con la cultura inglesa "oficial" se basó constantemente en una apelación a la experiencia vivida: sus amplias investigaciones intelectuales sobre la cultura están impulsadas y animadas por pasajes de memorias. El proyecto de Williams, escribió Eagleton en 1976, es "el trabajo de toda una vida: no sólo el trabajo de toda una vida, sino una obra... profundamente anclada en la experiencia de un individuo histórico". Hay una ironía: el elemento autobiográfico que en su día hizo que resonara tanto su escritura pueda haberle convertido en una figura distante, pues el mundo del que hablaba se aleja.

La vida a la que estaba tan ligada la obra comenzó hace 100 años en Pandy, un pueblo agrícola del sur de Gales, cerca de la frontera con Inglaterra. Los abuelos de Williams habían sido jornaleros agrícolas, pero su padre trabajaba en el ferrocarril como responsable de circulación y estaba profundamente implicado en la política obrera. Williams aún no había cumplido los cinco años cuando su padre fue despedido por participar en la Huelga General de 1926. Aunque fue readmitido, supuso un acontecimiento que marcó la formación de su hijo, quien décadas más tarde noveló el episodio en su primer manuscrito literario, Border Country (1960).

"Empezamos a pensar donde vivimos", escribió Williams en una ocasión, y el paisaje de las Montañas Negras de su juventud seguiría teniendo una profunda influencia. Esa comunidad rural de clase trabajadora, muy unida, sobrevive como un punto de referencia perpetuo en su obra, supone una inspiración para su énfasis de por vida en la solidaridad y la comunidad. También influyó en su actitud crítica hacia la cultura oficial inglesa, especialmente cuando la conoció en Cambridge, al principio como estudiante de la facultad de Filología Inglesa. En Politics and Letters, Williams cuenta una breve anécdota sobre una conferencia a la que asistió del crítico leavisita LC Knights: "Cuando Knights dijo que ahora nadie puede entender el significado que Shakespeare otorgaba al vecino, porque en una civilización mecánica corrupta no hay vecinos, me levanté y dije... Yo sabía perfectamente, por Gales, lo que significaba ser vecino de alguien".

Existe una convención crítica según la cual un "lector entrenado" debería descartar la experiencia subjetiva en la apreciación formal de los objetos culturales, especialmente los sacrosantos, como son las obras de Shakespeare. Pero la invocación habitual de la autobiografía por parte de Williams formaba parte de un esfuerzo permanentes por aplicar sus valores a todos los ámbitos de su vida y su obra, ya fueran monótonos o exaltadamente académicos. Discutiendo la eliminación de los trabajadores ordinarios en los poemas de publicados en Politics and Letters, Williams se pregunta: "Si no puedo sentirme seriamente ofendido por el hecho de que en un poema [de Ben Jonson] haya eliminado al trabajador, ¿qué afiliación puedo tener ahora con los trabajadores? [...] si nadie se siente ofendido por esta mistificación profundamente convencional... entonces, ¿cuál es el significado de la solidaridad?".

Williams llegó a Cambridge en 1939 gracias a una beca para un instituto de Abergavenny y se sumergió en la animada subcultura de izquierdas de la ciudad, afiliándose al Club Socialista y al Partido Comunista. Durante este embriagador periodo de actividad política (y quizá de cierto abandono académico) conoció a su futura esposa, Joy Dalling, estudiante de la London School of Economics, que había sido evacuada a Cambridge tras el estallido de la guerra. Reclutado en 1941 al final de su segundo año, tras mucho entrenamiento y espera, Williams desembarcó en Normandía en 1944, luchando en un regimiento antitanque que ayudó a liberar Bruselas. De vuelta a Cambridge después de la guerra –una experiencia "espantosa" que le dejó cicatrices y que intensificó su pacifismo (se negó a ser llamado a filas para servir en Corea en los años 50)– Williams reanudó sus interrumpidos estudios con un fanatismo renovando, escribiendo trabajos sobre George Eliot y Henrik Ibsen (los ex militares se libraban de los exámenes).

Tras licenciarse en 1946, se dedicó a la educación de personas adultas. Trabajó 15 años como tutor de la Asociación Educativa de Trabajadores, dando clases por las tardes y escribiendo, con una regularidad de hierro, por las mañanas. Salvo su breve etapa como editor en la efímera revista Politics and Letters (de la que tomó su título el libro de 1979), Williams trabajó la crítica fuera de la academia y en una especie de aislamiento heroico a finales de los años cuarenta y cincuenta, que culminó con su gran avance Culture and Society (1958). A través de una serie de tendenciosas lecturas procedentes de pensadores sociales ingleses –de Edmund Burke a Thomas Carlyle, de Matthew Arnold a TS Eliot–, Williams arrancó de esa tradición predominantemente reaccionaria una concepción más inclusiva de la cultura. La noción elitista de cultura de estos escritores era, según Williams, una reacción a las "tendencias desintegradoras" de la industrialización.

En este caso, Williams escribía en contra del influyente crítico FR Leavis, que creía que la alta cultura de una minoría asediada era un último enclave de valores civilizados a salvo de las fuerzas anárquicas y abaratadoras de la modernidad industrial y la sociedad "de masas". La visión de Leavis de la modernidad industrial era demasiado simple, argumentaba Williams, ignorando, por ejemplo, los beneficios que aportaron la energía de vapor y la electricidad. Y su nostalgia estaba, en última instancia, fuera de lugar: el enemigo no era la industrialización, sino el capitalismo. Para Williams, que veía en las comunicaciones populares modernas –televisión, radio, cine– más bien una promesa que un motivo de desesperación, no eran los nuevos medios de comunicación los que corrompían a las masas, sino las divisiones de clase y riqueza creadas por el afán de lucro y la propiedad privada.

El nuevo pensamiento de Williams sobre la cultura no sólo apuntaba a Leavis, sino también al tipo de marxismo vulgar que reducía la cultura a un complemento de la economía. Al igual que el marxista italiano Antonio Gramsci, Williams reconocía la cultura como un ámbito crucial en el que el poder se expresa, se experimenta y se cuestiona. En sus propias palabras, "la dominación que ejerce una clase social se mantiene no sólo, aunque sea necesario, por el poder, y no sólo, aunque siempre sea así, por culpa de la propiedad. Se mantiene también, e inevitablemente, por una cultura vivida: esa saturación de hábito, de experiencia, de perspectiva".

En su secuela más teórica y especulativa de Cultura y sociedad, La larga revolución (1961), en la que desviaba su atención de la "tradición" para centrarse en la Gran Bretaña contemporánea, Williams afirmaba que la cultura "es ordinaria", no una actividad especializada reservada a las élites acomodadas, sino que abarca "toda una forma de vida". También era fundamental: no era "la gracia después de las comidas", sino una versión aumentada de los esfuerzos necesarios que hacemos cada día para comprender –interpretando y describiendo– nuestro entorno a fin de "poder vivir mejor en él".

Lo que cuenta como "cultura" no es sólo lo que se estudia en las augustas aulas de Cambridge o lo que se guarda en los museos, sino que abarca todo tipo de actividades –baladas populares, poemas campestres, televisión y Shakespeare–, incluidas cosas que habitualmente no se consideran "culturales" en absoluto, como, según Williams, las "grandes instituciones de la clase trabajadora", a saber, los sindicatos.

La frase "deliberadamente contradictoria" que ideó para captar esta continuidad entre la experiencia social y la expresión cultural fue "estructura de sentimiento", un medio de analizar el arte como "el registro articulado de algo que era una poseído de manera mucho más general". El concepto iluminaba "el área de interacción entre la conciencia oficial de una época... y todo el proceso de vivir realmente sus consecuencias".


Tras esta impresionante trilogía –Border Country, Culture and Society y The Long Revolution– Williams fue nombrado becario en Cambridge, donde permaneció el resto de su carrera, como profesor de arte dramático desde 1974 hasta su jubilación anticipada en 1983. (Un cuarto libro, posiblemente el más conocido de Williams, Keywords, aunque no apareció hasta 1976, también puede agruparse con esta primera oleada de trabajo. Se trataba del "registro de una investigación" sobre palabras que eran significativas, como "cultura", "clase", "industria", "democracia", cuyos significados cambiantes, demostró Williams, encerraban una compleja historia social).

Durante todo este tiempo, Williams escribió de manera prolífica: no sólo obras de teoría y análisis cultural, sino novelas, guiones y panfletos, así como cientos de artículos y reseñas. Su prodigiosa producción debía algo a la forma en que gestionaba su docencia. Aunque "extremadamente amable" y alentador, según Adrian Poole, cuyo doctorado supervisó Williams a principios de la década de 1970, Williams no era famoso por su atenta pedagogía. Sin embargo, era "un conferenciante muy eficaz", con un "envidiable aire de autoridad y serenidad", en palabras de Eagleton, y "daba la impresión de ser un hombre muy a gusto consigo mismo", con seriedad, aunque no con carisma.

Williams se mantuvo alejado de la política partidista –se había dado de baja del Partido Comunista cuando fue llamado a filas en 1941, y renunció a cualquier lealtad residual al laborismo en 1966, disgustado con los compromisos de Harold Wilson–, pero siempre participó activamente en los esfuerzos de renovación socialista. Se convirtió en una figura clave de la Nueva Izquierda, especialmente al redactar el Manifiesto del Primero de Mayo (1967), un intento de esculpir una alternativa socialista a las distorsiones fabianas del laborismo y a la perversión estalinista del comunismo.

A pesar de todo esto, y de su interés intelectual por la comunidad y su comportamiento genial y humano, era reservado: "una persona bastante distante", recuerda MacCabe. Francis Mulhern me contó que una vez le preguntaron si Williams era amigo suyo: "Dije, pensando en voz alta: 'No estoy seguro de lo que contaría como ser su amigo', con lo que quería decir que siempre sentías que existía ese núcleo bien protegido".

Esta lejanía era quizá una técnica crítica, una forma de encontrar, como dijo Williams en una discusión sobre casas de campo en su obra clásica de crítica El campo y la ciudad (1973), un cierto "respiro, una distancia afortunada, de los controles inmediatos y visibles". Williams se quedó en Cambridge, dijo, a pesar de su ambivalencia hacia esta institución elitista, porque "la contestación que me interesa tiene lugar en lugares como éste. Esencialmente, aquí te encuentras con tu oposición clave", pero "si la comodidad, la tradición y la belleza artificial del lugar te alejan de ella" –los "bellos edificios, los bellos jardines"– "entonces tienes que seguir retirándote. Así que siempre estoy dentro y fuera de Cambridge".

La textura de su prosa está marcada por este repliegue: tiene una coherencia interna, pero también una sensación de aislamiento, como si todas sus ideas derivaran de la meditación interior sobre su propia experiencia. Incluso su tratamiento de esta experiencia puede resultar extrañamente abstracto e impersonal. Williams ha sido elogiado por su sentido "histórico" de sí mismo –su capacidad de verse a sí mismo como desde fuera–, pero en ocasiones se puede detectar una nota casi defensiva en la forma en que amortigua las alusiones autobiográficas como quien se descarga de una responsabilidad. Hablando del pueblo de Black Mountain de su infancia en The Country and the City, Williams difumina la peculiaridad de su apego a él diciendo: "Muchos otros hombres sienten esto, de sus propios lugares nativos...". Una expresión similar –casi de obligación de disolver lo personal en lo comunitario– aparece en su ensayo "La idea de una cultura común": "Realmente no es sorprendente que, en este tiempo y lugar, haya intentado pensar en la cultura, como una experiencia particular que comparto con muchos otros".

Su estilo tan peculiar, caracterizado por una sintaxis compleja y frases largas y autocalificativas llenas de abstracciones y participios, se describe a menudo como "difícil", "denso", "coagulado", "turbio". Mulhern sospecha que esta negativa a fijar su sentido estaba en parte "negativamente condicionada por la experiencia comunista", que le dejó una "voluntad de no ser doctrinario", de rechazar las "formulaciones fáciles". Williams desconfiaba del "estilo llano" asociado a George Orwell (cuya política también criticó), receloso "de todo lo que parece tan natural". Su prosa laboriosa es quizá el residuo deliberado del esfuerzo de ver y articular lo que la cultura dominante "mistifica convencionalmente". Williams sugiere que, al igual que cuando nos sorprende la belleza convencional de las casas de campo, debemos intentar ver el trabajo ordinario, posteriormente borrado, que se empleó en su construcción y mantenimiento. Para ello, puede que sea necesario cultivar una cierta vigilancia obstinada: retirarse cuando uno se encuentra a sí mismo "flojeando", seducido por la comodidad de la tradición.

Frente a la prosa sin adornos de Orwell, Williams prefería un estilo palpablemente hecho por el hombre, y manifiestamente una forma de trabajo. La realidad no es un elemento fijo, sino que "se establece continuamente, mediante el esfuerzo común", es "aquello que los seres humanos hacen colectivo mediante el trabajo o el lenguaje". Si este pensamiento es un poco fatigoso, también es esperanzador y radical: si algo está hecho, puede rehacerse. También es un recordatorio de que las formas más fáciles y naturales de ver pueden engañarnos y distraernos, y que disipar las ilusiones ideológicas no siempre es –quizá casi nunca– cuestión de abrir los ojos.

En la cultura actual, individualista, egocéntrica y seria, saturada de autoficción y confesionalismo performativo digitalizado, la actitud impersonal y casi alegórica de Williams hacia su experiencia puede parecer evasiva, rígida e insatisfactoria. Pero si las generaciones contemporáneas pueden ser acusadas de tomarse su experiencia demasiado en serio, el distanciamiento de Williams puede proporcionar un modelo para tomarse la propia experiencia en serio pero no acríticamente. También puede legar la confianza de que lo personal no tiene por qué ser privado, sino que a menudo es compartido: que existe una estructura común subyacente a los sentimientos individuales. Este autodistanciamiento puede ayudarnos a escudriñar nuestras impresiones en lugar de cosificarlas, situando la emoción más allá del argumento racional. Puede que no queramos heredar el énfasis que Williams ponía en la comunidad y el lugar, categorías a menudo fetichizadas por la derecha. Pero su insistencia en los detalles de la experiencia vivida sigue siendo un punto de partida vital para generar visiones realistas y humanas de cómo las cosas podrían ser diferentes.

"Cualquier idea de un orden social futuro tiene que estar localizada con mucha precisión", insiste Williams, y "en cualquier país o región concretos tenemos que partir de lo que está físicamente allí o disponible". Sin esta atención a trabajar "con el material" de una sociedad y una cultura concretas, el propio socialismo, parece sugerir Williams, corre el riesgo de reproducir la lógica reduccionista del capitalismo, reduciendo a las personas a unidades económicas y trazando esquemáticamente un nuevo "modo de producción", pero no una "forma de vida completa" que pueda despertar la imaginación y motivar la acción.

La política cultural socialista de Williams es, ante todo, un proyecto democrático y lleno de recursos. No conjura visiones utópicas de la nada ni desea imponer grandes planes desde arriba, sino que insiste en empezar desde donde estamos. No hay un salto mágico de un presente de desorden total a una alternativa inmaculada, sino un largo proceso, nunca acabado, de lucha por formas de convivencia más justas e igualitarias, formas que no se parecerán a un retorno a tiempos más simples y analógicos. O más bien, formas de "seguir" viviendo juntos, como a veces dice Williams: no empezamos ex nihilo, sino in medias res, heredando un legado de logros anteriores y aprovechando los focos emergentes de resistencia y los momentos de solidaridad: "Ningún orden social dominante... agota toda la práctica humana, la energía humana y la intención humana".

Aunque la prosa de Williams contiene destellos de entusiasta claridad, también exige cierta resistencia. Sin embargo, su firme énfasis en el largo plazo y el paciente rigor de su pensamiento pueden ayudarnos a la inevitable sucesión de decepciones inmediatas. "Nada", ha escrito Christopher Prendergast, "parecería más alejado del agotador estilo autodidacta de Williams que el género del eslogan". Y regirse por eslóganes, dijo Williams, es arriesgarse a "una pérdida bastante terrible del futuro: la pérdida de un futuro socialista que la gente pueda empezar a imaginar físicamente". "Queremos más, mucho más", continuó: "El reto es, por tanto, de una complejidad necesaria".

Imagen destacada: Barbara Gibson. 

Artículo publicado originalmente en The New Statesman.

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