Bienvenidos a la prehistoria del próximo fascismo
El nacionalismo del desastre es un 'no-todavía-fascismo' : estamos presenciando el estallido de un contagio social que canaliza sentimientos de inseguridad y miseria hacia explosiones de crueldad social y venganza étnica.
En un discurso reciente, la sindicalista canadiense Carolyn Egan lamentaba que el popular eslogan anti-Partido Liberal canadiense «Fuck Trudeau» hubiera surgido de la extrema derecha. La izquierda, señalaba, había fracasado en convertir el descontento generalizado con el sistema en un proyecto contrahegemónico exitoso; en ese vacío político, la derecha se había convertido en la voz del sentimiento antiestablishment. «Fuck Trudeau», sostenía Egan, «debería haber sido nuestro lema.» Esta valoración es habitual entre activistas de izquierda de todo el mundo que se encuentran atrapados entre un establishment liberal decrépito y una ofensiva derechista ágil y agresiva.
Para oponerse al asalto de la extrema derecha sobre los derechos e instituciones liberales, la izquierda socialista se ve a menudo obligada a defender –o al menos a justificar estratégicamente– elementos de un orden neoliberal que habitualmente buscaría suplantar y superar. Esta maniobra permite a los partidos y movimientos de extrema derecha confundir a la izquierda con el liberalismo y, a su vez, presentarse como parte de una insurgencia «populista» antiélites. Venden la rebelión al servicio del conservadurismo; ofrecen el autoritarismo como forma de «joderles la marrana a los de arriba». ¿Cómo hemos llegado a este mundo al revés?
En Nacionalismo del desastre, Richard Seymour se enfrenta a este extraño y deprimente callejón sin salida. Según Seymour, estamos entrando en «un ciclo de revanchismo nacionalista» en medio del derrumbe de la civilización liberal y la relativa debilidad de las movilizaciones de izquierda. El nacionalismo del desastre –término que Seymour acuñó en un artículo de 2020 en el New Statesman– se ha convertido en la fuerza política ascendente de nuestro tiempo. Es culturalmente antiliberal, políticamente pseudodemocrático y violentamente anticomunista. Ha tomado el poder en Estados Unidos, India, Brasil y otros países.
Frente a quienes describen a Donald Trump y otros líderes de extrema derecha como (neo)fascistas, Seymour argumenta que el nacionalismo del desastre es un «no-todavía-fascismo»: lo que estamos presenciando, más bien, es el estallido de un contagio social que canaliza sentimientos de inseguridad y miseria hacia explosiones de crueldad social y venganza étnica. Bienvenidos, proclama Seymour, a la prehistoria del próximo fascismo.
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Con su vocabulario de «desplazamiento», «melancolía» y «trabajo onírico», Nacionalismo del desastre es un libro implacablemente psicoanalítico. A diferencia de otros analistas contemporáneos de la extrema derecha, Seymour no está interesado en las diferencias ideológicas entre diversos «-ismos» ni en las historias intelectuales de las ideas reaccionarias. El nacionalismo del desastre, sostiene, posee un «poder psicológico explosivo» que golpea a las personas por debajo del nivel de la conciencia y la cognición.
A la manera de La psicología de masas del fascismo de Wilhelm Reich y el Anti-Edipo de Deleuze y Guattari, Nacionalismo del desastre trata esta explosión nacionalista no como una aberración que ataca a la modernidad desde fuera, sino como un estallido de rabia psíquica que erupciona desde las heridas del rencor, la envidia y el resentimiento infligidas por la sociedad de clases.
El neoliberalismo ha fomentado un sistema paranoico de competencia universal en el que las personas se comparan nerviosamente con los demás y temen convertirse en un «don nadie». El Estado-nación moderno compensaba antaño esta desigualdad material con relatos de supremacía cultural y unidad orgánica: somos un pueblo, mejor que los demás. Para Seymour, «el nacionalismo del desastre aparece cuando dicha unidad ya no resulta plausible y cuando las compensaciones del nacionalismo se ven amenazadas».
Para la extrema derecha, el verdadero desastre del siglo XXI es la erosión de las distinciones sociales –entre hombres y mujeres, blancos y negros, ricos y pobres, ciudadanos y extranjeros– que sostenían las viejas jerarquías de estatus. Hablan de este declive en términos apocalípticos y jadeantes: «genocidio blanco», «invasión islámica», «delirio de género». La única salida, desde la perspectiva del nacionalista del desastre, es la «restauración violenta».
A lo largo del libro, Seymour persigue una pregunta urgente: ¿qué convierte a una persona en un pogromista? ¿Cuáles son los «rencores, odios y anhelos del fin de los tiempos a los que todos podríamos plausiblemente sucumbir»? Algunos lectores podrán encontrar el análisis de Seymour demasiado especulativo; con todo, Nacionalismo del desastre construye un argumento formidable sobre las dimensiones emocionales y psicológicas del atractivo de la extrema derecha.
Cada capítulo aborda un aspecto diferente del nacionalismo del desastre, cubriendo desde su obsesión con la sexualidad hasta sus tendencias genocidas. El primero se ocupa de la base social del reciente auge de la extrema derecha. Durante casi una década, los comentaristas del mainstream han celebrado el giro global hacia la derecha como una revuelta de la clase obrera «(blanca)». Seymour desmonta este mito persistente y demuestra que la mayoría de los partidos de extrema derecha comienzan con una base «en gran medida de clase media» antes de pasar a «construir coaliciones eficaces entre clases».
En lugar de apoyar al movimiento obrero o ampliar el bienestar de los hogares más pobres, el nacionalismo del desastre propone un «capitalismo nacional musculoso» que supuestamente colocará a los trabajadores nativos por encima de migrantes y minorías –con frecuencia en detrimento de los niveles salariales y las condiciones laborales. Esto es, en cierto sentido, una reconfiguración para el siglo XXI de la clásica lectura trotskista de la popularidad de la extrema derecha.
En su análisis de la Alemania nazi, Trotsky argumentaba que el fascismo triunfó dirigiendo los sentimientos de odio y desesperación de la pequeña burguesía hacia una campaña feroz destinada a aplastar la democracia parlamentaria y el poder proletario. En Nacionalismo del desastre, Seymour muestra cómo la extrema derecha actual aglutina una «conglomeración pasivamente resentida de individuos» en apoyo de su proyecto de desmantelar los derechos humanos y las protecciones laborales. A diferencia de los socialistas que aplican el análisis de clase trotskista del fascismo de forma algo mecánica al momento actual, Seymour demuestra la necesidad de adaptar ese marco a las realidades socioeconómicas y psíquicas del neoliberalismo.
En el segundo capítulo, Seymour se enfrenta a una perturbadora paradoja: ¿por qué la extrema derecha distorsiona y niega las causas de catástrofes reales –la pandemia de COVID, el cambio climático, la crisis económica– mientras se obsesiona con amenazas conspirativas como «el Gran Reemplazo»? Los creyentes en la conspiración, argumenta Seymour, no son simples ingenuos manipulables. Se sumergen en el «desinfoentretenimiento participativo» de las cazas de brujas modernas como QAnon porque anhelan una sensación de control sobre sus vidas y el mundo que los rodea. Necesitan creer que todos los males de la humanidad –la pobreza, la represión, la alienación– pueden resolverse exterminando a un enemigo específico: el Migrante, Antifa, el Judío. Como demostraron los disturbios del verano de 2024 en el Reino Unido, este proceso de chivo expiatorio conspirativo puede funcionar con frecuencia como una «preparación psíquica para el derramamiento de sangre».
El capítulo siguiente, «Sexo», descubre la «pornografía del mal sexual» que motiva el asalto de la derecha contra las mujeres y las personas LGBTQ+. En el imaginario derechista, la «ideología de género» –término en clave para el derecho al aborto, la atención de afirmación de género, la educación sexual y más– es la responsable del declive civilizatorio. Para revertir esta tendencia, la extrema derecha busca «restaurar una era de glorioso poder sexual masculino», en la que mujeres y personas queer sean reprimidas y los hombres puedan satisfacer sus impulsos más básicos sin preocuparse por el consentimiento ni las consecuencias.
Pese a la pose antiautoritaria de los nacionalistas del desastre, Seymour observa que parecen desear «una versión del autoritarismo que dicen oponerse»: un régimen en el que la ley no proteja a sus enemigos percibidos ni sostenga las normas democráticas y pluralistas.
Los tres últimos capítulos –«Máquinas de guerra», «La tormenta de mierda armada», «Genocidio»– contabilizan las víctimas del nacionalismo del desastre. Terroristas solitarios en Noruega, insurrecciones caóticas en Estados Unidos y Brasil, campañas genocidas en Israel, escuadrones paramilitares de la muerte en Filipinas: nada de esto son, según Seymour, hechos aislados. Son, más bien, expresiones de la fe en la violencia redentora que impulsa a la extrema derecha contemporánea. Frente a quienes sitúan el inicio de la última oleada de agitación derechista en el Brexit o en el primer triunfo electoral de Trump, Seymour propone los disturbios de Gujarat en India como punto de partida histórico de nuestro giro global hacia el nacionalismo del desastre.
En 2002, el entonces ministro principal del gobierno de Gujarat, Narendra Modi, atizó las tensiones sectarias culpando a los musulmanes de un incendio accidental en un tren que causó la muerte de 58 peregrinos hindúes. Estas acusaciones conspirativas desencadenaron un pogrom enloquecido contra la población musulmana, en el que murieron 2.000 personas y otras 2.500 resultaron heridas. Esta orgía de violencia «purificadora» impulsó el apoyo hindú a Modi, lo que permitió a su administración poner en marcha el «modelo Gujarat»: el recorte del gasto público para incentivar la inversión empresarial en desarrollo infraestructural.
El ascenso posterior de Modi y el movimiento Hindutva demuestra, sostiene Seymour, que las explosiones de «catarsis violenta» son parte integral del proyecto de capitalismo nacional musculoso. La violencia colectiva «desplaza» los problemas sociales, «castiga» y «aterroriza» a los chivos expiatorios, consolida «el apoyo del núcleo duro», traza «fronteras sangrientas en torno a una comunidad nacional» y «sienta las bases para nuevas oleadas de acumulación de capital». Si no encontramos la manera de interrumpir este ciclo, advierte Seymour, podemos enfrentarnos a un futuro en el que regímenes fascistizantes aislados distribuyan recursos cada vez más escasos entre unos pocos privilegiados e inflijan terror sobre los de fuera elegidos como enemigos, todo ello mientras el mundo arde.
Aunque el panorama pueda parecer sombrío, Seymour aconseja resistir el derrotismo y el catastrofismo. A pesar de su alcance en constante crecimiento, el nacionalismo del desastre sigue siendo una «masa de contradicciones y límites». Su influencia política supera su profundidad social; sobreestima sistemáticamente su capacidad de intervenir con éxito en los acontecimientos –véase el fracaso del putsch del Capitolio. Ensambla coaliciones novedosas que no siempre resisten las presiones de los desacuerdos repetidos y los escándalos: el giro anti-Trump de Marjorie Taylor Greene a raíz de los archivos Epstein, la rivalidad entre Nigel Farage y Rupert Lowe sobre la cuestión del nacionalismo étnico frente al cívico, la fractura entre los trumpistas y los Groypers en torno al apoyo a Israel.
Sin embargo, la izquierda no puede limitarse a rezar para que la extrema derecha se derrote a sí misma: debemos ofrecer una alternativa real. Para contrarrestar el nacionalismo del desastre, dice Seymour, necesitamos algo más que una política de pan y mantequilla. Como él mismo observa: «necesitamos pan y mantequilla. Incluso nos gusta. Pero no lo amamos». En lugar de apelar únicamente a los intereses materiales de la gente, Seymour sugiere que debemos aprovechar la pasión como fuerza histórica. Las personas no asisten a las protestas ni participan en grupos políticos simplemente porque hayan hecho un cálculo racional sobre su propio interés. Se presentan y se implican porque están «hasta las narices» o «muertas de miedo». En «el eros» de la acción colectiva, escribe Seymour, las personas desarrollan formas de vida y de lucha que orientan sus emociones hacia fines emancipatorios y las inmunizan «contra las pasiones paranoides, antisociales y vengativas del nacionalismo del desastre».
En definitiva, Nacionalismo del desastre es una contribución audaz al animado debate sobre «¿pero es fascismo?» que ha oscilado en la izquierda desde el primer mandato presidencial de Trump. En lugar de afirmar o rechazar de plano la analogía fascista, Seymour se apoya en las observaciones de Arthur Rosenberg para sugerir que, antes de que el nazismo se convirtiera en un Estado-partido o en un movimiento de masas, «millones tuvieron que ser infectados con ideas völkisch y racial-nacionalistas». Los nacionalistas del desastre, entonces, no son los nuevos nazis; son, afirma Seymour, los superspreaders de un fascismo por venir. Sin embargo, no queda claro por qué el nacionalismo del desastre es necesariamente un «prefascismo» y no un nuevo tipo de régimen o configuración política. Aunque Seymour evita la trampa de trazar una analogía directa entre la política actual y el fascismo histórico, parece reintroducirlo en su análisis de contrabando mediante la noción de «no-todavía-fascismo».
Ciertamente, el fascismo supo aferrarse a los impulsos y aspiraciones latentes presentes en las sociedades en las que ascendió al poder, pero ¿es eso realmente exclusivo del proyecto fascista? Toda formación política ascendente, del neoliberalismo al socialismo, ha necesitado resonar con las fantasías y los sentimientos de un público más amplio para alcanzar la hegemonía. Incluso aceptando la premisa de Seymour de que «siempre somos prefascistas mientras no se hayan abolido las condiciones para el fascismo», no hay actualmente manera de verificar la afirmación de que el nacionalismo del desastre nos arrastra hacia el fascismo y no hacia algo diferente –y peor.
No se trata de una mera disputa terminológica; es una cuestión de determinar qué decimos a la gente cuando llamamos a su puerta, qué consignas coreamos en nuestras protestas y qué propuestas impulsamos en nuestras organizaciones. Así como Stuart Hall advirtió contra la caracterización del thatcherismo como fascismo, me preocupa que invocar el nombre del fascismo –pre- o de otro tipo– nos lleve a recurrir a tácticas y argumentos inapropiados o ineficaces. Este es, por supuesto, un debate en el que las meras palabras son insuficientes: es una pregunta que debe responderse en el terreno de la lucha política, a medida que encontramos nuevas formas de resistir y contraatacar. Tiempos interesantes se avecinan.
A medida que la extrema derecha continúa su marcha, Nacionalismo del desastre se convertirá previsiblemente en lectura obligada para quienes participan en la organización antifascista, antirracista y ecosocialista. Desafía algunas de las ideas recibidas sobre radicalización y política de clase que a menudo se disfrazan de «análisis» en la izquierda. Ofrece también orientaciones sobre cómo podemos a la vez romper con el orden neoliberal y derrotar a la extrema derecha. A lo largo del libro, Seymour nos recuerda que no podemos acometer estas tareas sin afrontar el filo emocional y psíquico de la vida política. No hay nada emocionante, nada que encienda las pasiones, en ponerse del lado de un statu quo que nos falla sistemáticamente. Es hora de movilizar nuestros impulsos rebeldes; es hora de decir: «Que se jodan el liberalismo y el nacionalismo del desastre.»
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Esta reseña se publicó inicialmente en el blog Marx & Philosophy el 31 de marzo de 2026.
