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Belfast

Tras un apuñalamiento en el norte de la ciudad, los barrios lealistas iniciaron un pogromo contra sus vecinos migrantes, quemados en sus casas mientras la policía se mantenía al margen. Bajo la coartada de las condiciones materiales —que existen— late la fantasía moral del etnonacionalismo blanco, la de unos blancos convertidos en "ciudadanos de segunda" en su "propio país". ¿Y si de lo que se trata es de aguarles la fiesta?

Richard Seymour12 junio 2026

Belfast

El detonante, esta vez, fue el brutal apuñalamiento de un norirlandés, Steven Ogilvie, a manos de un refugiado sudanés con permiso de residencia. Por las imágenes del vídeo, hubo quien creyó que el agresor intentaba decapitar a su víctima. El ataque se produjo en Kinnaird Avenue, al norte de Belfast, una calle católica no muy lejos de Crumlin Road.

Como era de esperar, los 'idiotas amantes de la paz' del Úlster se lanzaron a un pogromo contra la población migrante del lugar. Cualquiera podía verlo venir. Los comercios del barrio echaron el cierre. Las redes hervían de expectación. Cuando estalló, la violencia corrió a cargo, de manera abrumadora, de jóvenes encapuchados de clase trabajadora de las zonas lealistas del norte y el este de Belfast, presumiblemente con cierta venia o colaboración de los grupos paramilitares y con escasa interferencia del Servicio de Policía de Irlanda del Norte. A los migrantes los echaron de sus casas a base de incendios en Crumlin Road y Newtonards Road, que atraviesan el norte de la ciudad.

Entre algunos protestantes y fenianos veteranos circula la vaga esperanza de que la vieja disputa por la nacionalidad pueda zanjarse mientras el Naranja y el Verde se unen contra los migrantes. El reportaje de Aris Roussinos sobre el pogromo de anoche recoge las palabras de algunos católicos del lugar que daban la razón a los protestantes desatados: «Por ahora mantenemos las distancias, pero, a decir verdad, deberíamos estar todos juntos en esto». Eso, de momento, es más fantasía que realidad. Sin ir más lejos, el año pasado un grupo de lealistas encapuchados intentó echar a ladrillazos a varios católicos de sus casas en Belfast, no muy lejos de donde apuñalaron a Ogilvie. Un incidente así figuraría entre los motivos por los que los católicos, en su mayoría, no se sumaron, aun cuando en algunos casos simpatizaran con el objetivo.

Hay que reconocer, además, que los lealistas de Irlanda del Norte acumulan décadas de experiencia en este terreno: tanto en la vigilancia rutinaria de la pureza comunitaria a pie de calle (quemar a la gente para echarla de sus casas) como en los disturbios y asesinatos festivos y recreativos con que los jóvenes protestantes de clase trabajadora procuran entretenerse durante los meses de verano. Se les dan bien los asaltos punitivos y por sorpresa: es lo suyo. Es su manifestación más vigorizante. Y es también, en cuanto pogromo, la esencia programática del fascismo naciente en estado puro.

Durante el pogromo del año pasado en Ballymena, los vecinos que no querían convertirse en blanco ni acabar con sus casas en llamas colgaron carteles escritos a mano que rezaban: «aquí viven los de aquí». Desde luego, nosotros no somos Espartaco, venían a decir. Pero, si bien siempre existe el riesgo de daños colaterales –algunos de los que anoche perdieron sus casas por el fuego no eran migrantes–, los pogromistas de Ballymena no necesitaron la información que aportaban los «de aquí» ni erraron el tiro. Sabían exactamente dónde vivían los «extranjeros» y campaban más o menos a sus anchas por las calles mientras la policía se mantenía al margen. Y fueron tan eficaces que dos tercios de la comunidad romaní se vieron obligados a abandonar la localidad. Resulta inútil, dados los repertorios territoriales y los compromisos políticos del lealismo, así como su eficacia, intentar achacar lo ocurrido a «agitadores de fuera» que «atizan el odio». Como otros contagios sociales, el pogromismo en red no prospera tanto por la incitación de odios que antes no existían como por un permiso tácitamente concedido por políticos, periodistas y famosos fascistas que afirman y validan sin descanso el argumento central del etnonacionalismo blanco.

¿Cuál es ese argumento? Conviene señalar que, tanto entre quienes lo anticipaban como entre quienes participaron, se repetía el nombre de Henry Nowak. A Nowak lo apuñaló sin piedad hasta matarlo Vickrum Digwa, de Southport, el pasado diciembre. Lo que resultó aún más pasmoso de aquel asesinato fue el trato deshumanizador que la policía dispensó a un Nowak agonizante. Ajenos a sus heridas mortales, dando crédito a la falsa acusación de Digwa de haber sido él mismo agredido e insultado por motivos raciales, y creyéndole también cuando aseguraba que Nowak no se estaba muriendo, sino que yacía allí borracho, lo arrastraron por la gravilla e intentaron detenerlo antes de comprobar si estaba herido. No está claro si podría haberse salvado, pero murió tratado como un delincuente. La derecha, fascinada por la imagen de la victimización blanca, lo atribuyó a una policía woke. Según los tories, el degradante trato policial a Nowak se debió a «las tonterías que llegaron tras el movimiento Black Lives Matter». Según Nigel Farage, revelaba una «cultura de dos niveles en la que los derechos y privilegios de los blancos importan menos que los de las minorías étnicas». J. D. Vance, cómo no, culpó al «odio a sí misma» de Europa de propiciar una «invasión masiva» de migrantes. Este caldo de cultivo fue, sin duda, un factor facilitador del pogromo de Belfast.

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Dicho lo obvio, todo esto no tiene que ver, en lo esencial, con la idea de que los migrantes sean responsables desproporcionados de la violencia, ni con las cifras netas de inmigración y la presión que supuestamente ejercen sobre la vivienda o los servicios públicos, ni con la competencia por los empleos o el acceso a las prestaciones, ni con el caótico sistema de asilo. Todas esas afirmaciones están subordinadas a la tesis central del etnonacionalismo blanco de hoy: que los blancos se han convertido en «ciudadanos de segunda categoría», en, según se da a entender, su «propio país». Cualquier argumento que sostenga que los pogromos emanan en realidad de «preocupaciones reales» surgidas de auténticas «condiciones materiales» tiene que afrontar y explicar esa yuxtaposición de raza y nación. Porque no se trata de un grito inarticulado de frustración, sino de un argumento moral acerca de quién merece de verdad los beneficios de la ciudadanía y quién, sin lugar a dudas, no. Como dijo Zia Yusuf, de Reform, justo cuando Belfast ardía en llamas: «Algunas culturas son MUCHO mejores que otras».

No niego que existan «condiciones materiales» que, de forma mediada, constituyen esa suerte de economía libidinal susceptible de organizarse en torno a ciclos de pánico y liberación ocasional mediante efímeros ejercicios de omnipotencia. Como marxista, debo insistir en que las hay. No es casualidad, como solíamos decir, que estas explosiones broten tras más de quince años en los que el sector público y las administraciones locales han sido estrangulados por la austeridad y el abandono de las infraestructuras; en los que la crisis de la vivienda, alimentada por el papel de la propiedad en la economía de la deuda y la especulación, jamás se ha abordado en serio; en los que los salarios llevan estancados desde 2008; en los que el sistema político se ha mostrado ferozmente hostil a cualquier intento de plantear una alternativa seria, y en los que ahora quienes ostentan el poder han decidido, sin consulta electoral alguna, que hay que aplicar más recortes para seguir engordando el presupuesto militar. Esta es una sociedad cuya experiencia primordial hoy es la del deterioro, el desconcierto y la parálisis: las cosas no funcionan, y los medios para arreglarlas tampoco. Hay razones racionales, junto a las irracionales, por las que alguien podría sentirse «ciudadano de segunda categoría».

Ahora bien, en el mejor de los casos, ese tipo de análisis por sí solo no hace sino favorecer una terapia de izquierdas: concentrarse en atajar las condiciones esquivando la ideología racista. La vana esperanza es que sea posible conquistar una mayoría política para la reforma y drenar el pantano libidinal sin ofender a nadie que pueda ser un poco racista. No funcionará, porque esta ideología etnonacionalista es un obstáculo conservador para abordar dichas condiciones, que sus locuaces y adinerados propagandistas no desean que se aborden. Tampoco tiene mucho sentido, pues nadie sostendría que esas condiciones conduzcan por una necesidad interna al deseo de expulsar a los «extranjeros», y menos aún a que hombres encapuchados aterroricen a los migrantes por motivos a la vez recreativos y políticos. Ni siquiera ayudaría, necesariamente, tratar de extraer un «núcleo racional» del odio antimigrante hablando, por ejemplo, de la necesidad de desenganchar nuestra economía de un modelo de bajos salarios basado en «mano de obra barata importada». Eso daría a entender que quienes están literalmente en pie de guerra contra la inmigración, o quienes apoyan pasivamente a los que lo están, se preocupan ante todo por mejorar el nivel de vida, lo cual dista de ser evidente. Tampoco serviría intentar salir al paso de la histeria a medio camino concediendo, con falsa sinceridad, que el caos del asilo y la incapacidad de frenar las llegadas «ilegales» encarnan de forma palmaria el fracaso del Estado. Eso, además de dar a entender que el control coercitivo total de las fronteras es un objetivo político realista o deseable –una obsesión históricamente reciente–, supondría que los pogromistas querrían en realidad un sistema de asilo que funcionara, lo cual tampoco resulta evidente.

De acuerdo, hay que derrotar al enemigo en la fortaleza de su fuerza, por parafrasear mal a Hegel. Y es cierto que esos emprendedores morales que estimulan el pánico antimigrante recurren a menudo a argumentos de mala fe sobre los salarios, los servicios públicos y la vivienda. Esos argumentos hay que refutarlos. Pero su afirmación principal hoy, la que echa a la gente a la calle, es que los migrantes son una amenaza existencial, sexualmente desviada, irracional, violenta, hostil a «Occidente»: «soldados enemigos», como dijo Tommy Robinson. Su argumento emocionalmente más poderoso es que los blancos son víctimas amenazadas de extinción y que su única esperanza pasa por purificar y controlar sus comunidades. Y las razones de que esto resulte convincente tienen poco que ver con cualquier presunta prueba esgrimida a su favor y todo que ver con la ilusoria sensación que procura de saber qué ocurre, nombrar al enemigo y poder hacer algo al respecto. Es la excitación de enfrentarse a la aniquilación como su agente y no como su víctima imaginada. A la mayoría de quienes se sienten atraídos por esto no los va a engañar ninguna astuta estratagema oblicua para que apoyen una política más de izquierdas y reformista, como tampoco se avendrán a que los saquen mediante el debate de una posición que ofrece un consuelo tan adictivo.

Una cosa más. Estos estallidos no están entorpeciendo, a las claras, el avance de la derecha, aun cuando sus expresiones más electoralistas deban cuidarse de respaldarlos de forma abierta. No los avergüenza la asociación: son unos sinvergüenzas. No están preocupados: están entusiasmados. No se baten en retirada: se sienten reivindicados. Dan toda la impresión de estar pasándolo en grande. El objetivo, por tanto, sería aguarles la fiesta.

 

* Este artículo se publicó inicialmente en el Patreon de Richard Seymour el 11 de junio de 2026.

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